La COB: de defensora de los trabajadores a aliada del poder

La Central Obrera Boliviana (COB) ha dejado de ser la voz combativa de los trabajadores para convertirse en una sombra dócil del poder. En tiempos donde el pueblo boliviano enfrenta una crisis económica palpable, con la escasez de dólares golpeando sectores productivos y un mercado informal cada vez más fuerte, su dirigencia prefiere repetir el discurso oficialista en lugar de exigir soluciones reales.

Juan Carlos Huarachi, secretario ejecutivo de la COB, ha afirmado recientemente que “hay plata en bolivianos, lo que falta es dólares”, una frase que, lejos de ofrecer una lectura crítica de la realidad, refleja un alineamiento absoluto con el relato gubernamental. En lugar de reconocer las profundas distorsiones económicas que atraviesa el país, intenta transmitir un mensaje de normalidad en medio de un entorno que dista mucho de serlo.

La falta de dólares en la economía no es un problema menor ni una simple coyuntura pasajera. La caída de las reservas internacionales ha llevado a una escasez de divisas que afecta a importadores, empresarios y ciudadanos de a pie, obligándolos a acudir a un mercado paralelo donde el tipo de cambio ya no respeta el oficialismo del Banco Central. Los precios de bienes esenciales aumentan, y la incertidumbre sobre el futuro económico del país se instala en cada conversación del ciudadano común. Pero la COB, en lugar de asumir un rol de defensa de los trabajadores, prefiere aplaudir al Ejecutivo y respaldar su gestión.

La entrega del pliego petitorio de la COB, con demandas de incremento salarial del 20% al haber básico y del 15% al salario mínimo nacional, parece más un ritual que una verdadera estrategia de lucha. Se trata de un mecanismo para justificar su existencia, sin un análisis de fondo sobre cómo un ajuste de esta magnitud podría sostenerse en un contexto de déficit fiscal y crecimiento económico desacelerado. La dirigencia sindical se mantiene cómoda en su papel de interlocutora gubernamental, repitiendo consignas y evitando confrontaciones reales con el poder.

No se trata de negar la necesidad de mejorar los salarios ni de ignorar las carencias de los trabajadores, sino de preguntarse si la COB sigue siendo un actor independiente o un simple engranaje de un oficialismo que necesita desesperadamente el respaldo de los movimientos sociales. Su postura complaciente con el gobierno de Luis Arce, en un momento donde la crisis económica es evidente, genera dudas sobre su capacidad de representar verdaderamente a los obreros, en lugar de servir como una correa de transmisión de los intereses políticos del MAS.

Mientras en otros tiempos la COB fue una organización que desafió gobiernos y lideró luchas históricas por los derechos laborales, hoy parece haber optado por el silencio complaciente. Los trabajadores bolivianos necesitan una representación sindical que no solo negocie aumentos salariales, sino que exija soluciones estructurales para una economía que muestra signos de fragilidad. Necesitan dirigentes que cuestionen, propongan y luchen, no que se limiten a validar discursos oficiales.

Si la COB quiere recuperar su credibilidad, debe demostrar que su lealtad es con los trabajadores y no con el poder de turno. Debe exigir respuestas concretas a la crisis de divisas, impulsar políticas que generen empleo y crecimiento, y romper con la inercia de la sumisión política. De lo contrario, seguirá siendo una organización sindical de nombre, pero sin voz ni fuerza en la realidad nacional.

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